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Archive for the ‘Ellas’ Category

¿Cómo se llamaba?

feaPasaban  los  días sin mayores complicaciones y tan monótonos como siempre, como se podría esperar de otro verano en Lago Ranco: playa en el día, con el imponderable joteo y elucubraciones con los bikinis del momento, carrete en la noche y tomatera de madrugada. Nada del otro mundo. Amanecer como la mierda, hediondo a copete y a cigarro, con un dolor de cabeza de las mil putas y abrazado a alguna mina que, producto de la borrachera, no sabes ni quién es ni cómo mierda se llama. Hay que mirarla con detención y verificar que este día buscaste algo mejor que el Muppets de la noche anterior. Error, es más fea, buen pellejo, pero putas que es fea.

Cómo se puede actuar, sin ser cínico ni arrogante, frente a una mujer desnuda a tu lado, que te mira con ojos de carnero degollado y preguntándote ¿cómo amaneciste?.  ¡Acostado!, sería la respuesta más lógica. Pero con el dolor de cabeza, sumado ahora a la respuesta incógnita de una pregunta recurrente: ¿cómo cresta se llama esta mina? En algún momento de la noche me dijo su nombre, en alguna parte alguien me la presentó, porque por generación espontánea no llegó a mi cama. Cómo se llama. Mi cabeza. Qué sed. Hay que buscar solución, producto de la cefalea sólo se me ocurren dos opciones: había que sacarla de la casa antes que tus amigos despierten o vuelvan y te encuentren acostado con la hija de Adrián de los Dados Negros y pases a ser el resto del verano el MaPaHue del grupo o,  hay que hacerse el cariñoso y pegarle su quaker mañanero a la fea. La carne es débil y después de todo ese culo había que disfrutarlo lúcido. Hay que buscar una cerveza helada y de vuelta a tu papa.

La pega está hecha, la mina chupándose los aros, uno con las bolas como pasa, con más sed que antes, más hediondo y sin acordarse todavía del nombre de la mina.

– ¿Me vas a llamar a la tarde?.

 ¡Me- vas- a- llamar -a-la- tarde!, pero cómo, si ni siquiera sé quién chuchas eres. Ahí es cuando uno tiene que poner cara de huevón y cambiar el tema de forma abrupta. ¡Putas que me duele la cabeza! Con la remota intención que la mina, en un arranque de ternura te haga un cariñito, un masaje o se ofrezca a buscar aspirinas. Pero nada, se queda muda, esperando lo más lógico para ella: una respuesta. Hay que bajarle el perfil a la situación, ya que de un momento a otro se vuelve gélida. Hay que optar por la táctica del amoroso y aunque ya ni se te pare, hay que arremeterle con todo. Mujer con la boca llena no pregunta huevadas.

Todo bien, todo viento en popa. Pepito, a pesar de la larga jornada, sorprendentemente, aún responde a los requerimientos, casi me desconocí, todo a pedir de boca. Cuando de repente, y sin previo aviso, se abre la puerta del dormitorio y asoman dos cabezas con los ojos como cañón de escopeta.

– ¡Putas Cristina que eres cochina!

¡Cristina!. Tate. Si hasta el dolor de cabeza se me pasó. Mi amigo con un ataque de risa, su mina pegó un portazo de antología, con su correspondiente desprecio y mueca de asco, la “Cristina”, sin dar crédito a lo que había vivido o, más bien dicho, en lo que la habían pillado, aún no se sacaba la pichula de la boca y yo en un estado de Nirvana, riéndome para mis adentros, sin importar que la mina era fea, que nos habían pillado en el mejor de los 69, mi único pensamiento entre tanta carne era:

¡Ahora sí que te voy a llamar!.

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Coversaciones

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En esas conversaciones comunes, que por lo general se mantienen con mujeres simples, sin importancia y con las que uno trata de hacerse el simpático y, sobre todo, el inteligente, no falta la tonta que luego de poner cara de aburrimiento sale con el pastel de la noche:

– Por qué no cambian el tema que estoy súper aburrida.

Bruta, ignorante, patipelada, arribista, fea, gorda. Dan ganas de enrostrarle toda la perorata misógina que uno pueda imaginarse y mandarla llorando a su casa, sin copete, sin carrete y sola. Pero no, hay que soportar estoico y digno. Una descerebrada como esta no puede ni debe funarme el carrete con la única mina, que producto de su curadera o simplemente por atracción recíproca, estaba hilando con mi conversación.

Después de haberme convertido casi en antropófago mordiéndome los nudillos para no chantarle un palmazo, a ver si con el remezón de cerebro la neurona satelital entra en una órbita medianamente coherente como para que se pegue los alcachofazos y piense “la cagué”, vuelvo al ataque con mi contertulia. Craso error el mío, y recurrente por lo demás. La tonta sigue como tal: impávida y con más cara de huevona aburrida que antes, como queriendo decirle a todas -Ya po’, vámonos!.

Había que superar el impasse. Había que buscar una solución rápida y aguda. Un buen chiste, un nuevo tema de conversación (ojalá de algún reality), algo. Ni pensar en un libro, ya que estas brutas no salen de Papelucho y las más doctas de Coehlo.

Sólo me restaba una sola opción antes que la Fiona cagará el carrete y la conquista. Me levanté decidido a tomarla de la mano y llevarla a comprar huevos y lechugas – a las tres de la mañana cualquier táctica es recomendable.

Entonces ocurrió lo inesperado, la mina habló. Su voz era como un arroyo en primavera, suave y cristalino. Me tomo de la mano y me sentó a su lado. Embobado la miré a los ojos, su mirada se clavó en la mía y fue ahí que caí en cuenta que la mina no estaba ni interesada en mi ni borracha, estaba más volada que un chancho.

Sería el volumen de la música o el ruido de las conversaciones que no fue hasta la tercera vez que pude entender, entre gestos y sonidos guturales y balbuceantes:

– ¿Cuál es tu misión en la vida?

Ya!, pensé. A ésta le quito la dieta blanda.

Pero lamentablemente como mi lengua siempre ha actuado más rápidamente que mi cerebro, le solté:

– ¡Procrear!

Con esas mismas palabras, sin tono de doble intención, sin malicia, ni siquiera burlándome. Simple y llanamente contesté.

– Pero cómo puedes ser tan pendejo – Me soltó en forma casi eufórica – El hombre debe tener un norte, una meta, plantar un árbol, escribir un libro…

– Y tener un hijo… Procrear –  Agregué.

 Yo no sé si las mujeres tienen algún poder extrasensorial como para cachar cuando una conversación se vuelve frígida. Todas callan y todas ponen oído y atención al unísono, como un ejército nazi que ejecutan órdenes sin pensarlo.

El ambiente se volvió tenso, gélido. La Fiona hasta comenzó a sonreir, señal que ya no estaba aburrida, por el contrario. Yo a esas alturas me comencé a sentir como pollo en corral ajeno y no porque careciera de labia como para salir del paso, sino porque la conversación se había ido a un área conocida por todos, pero que en mi pueblo es sumamente tabú.

Traté por todos los medios de explicar que el hombre ha subsistido a través de la historia a través de la procreación, que lo otro se va dando a medida que evolucionamos, que las grandes mentes de la historia son casos aislados de entre miles, que esto, que lo otro, que aquello. Palabras, palabras y más palabras. Las minas ya habían tomado su decisión. Si hasta la fea se había ofrecido de guaripola para llevarlas a sus casas sanas y salvarlas de este troglodita carnívoro.

Pero lo que más me emputeció de todo, es que la fea, la cual obviamente quedó de último, para asegurarse, cual perro guardián, que todas sus ovejitas salieran, me dijo antes de irse, con ojitos chispeantes y una sonrisa coqueta:

– Me encanta como eres, porque eres “taaaan” culto.

¡Maraca!. Le grité con todo mi enfado y cerré la puerta.

Y aquí estoy. Solo. Sin un pedazo de pan que echarse a la boca. Caliente, al punto de hasta encontrarle buen culo a la fea cuando se iba, y pensando en mi respuesta.

Putas que soy huevón. Ahora debo pensar dónde plantar mi árbol y cuándo comenzar a escribir mi libro, porque en procrear, con esta suerte perra, ni cagando.

 

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