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Archive for the ‘Personajes’ Category

Pinocho

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Rodrigo nació en cuna de oro, si se puede llamar así a quienes nacen en cualquier familia de gente acomodada de cualquier pueblucho de este país. Vivió su niñez como cualquier mortal, a pesar de su situación económica: escuela pública; comedores comunitarios; paseos de curso; lugares de juego; sitios de veraneo en común con el pueblo; entre otras cosas, no era raro verlo ya de grande compartiendo, tanto con la gente de su misma “alcurnia” como con cualquier atorrante en los tugurios más oscuros de su pueblo.

Rodrigo siempre tuvo un gran carisma, empático, de humor agudo y vivaz, de palabra fácil y garabato veloz. Pero por sobre todo, lo que más llamaba la atención de este pequeño ser, que de a poco se fue convirtiendo en parte importante de nuestra sociedad, era su generosidad. Esa generosidad que abarca lo monetario, porque era rajado como fea borracha, por ello los amigotes oportunistas se le pegaban como lapa a su billetera; lo sentimental, porque tenía amor para todas, ya que tipo con plata, con facha y con auto era imán seguro para las minas y, lo más sobresaliente era la entrega para con quienes lo consideraban amigo, no hubo persona más amiga de sus amigos que Rodrigo. Siempre una palabra justa, siempre un abrazo reconfortante, siempre la ayuda cuando alguien más necesitado estaba.

Se podrían escribir páginas y páginas enumerando las virtudes y también, porque no decirlo, los defectos de este pseudo personaje, pero sólo resta añadir que de los amigos que cualquiera pueda esperar en la vida, éste, sin duda, fue lejos el más leal y sincero que se podría desear, es por eso que tanto sorprendió, a tan temprana edad, su suicidio.

Nadie se lo esperaba, como es lógico en este tipo de situaciones. Todos quedaron de una pieza. Si bien la vida, más allá de sonreirle con fama y fortuna, había sido bastante beneplácita con él, no habían razones suficientes para justificar tan mezquino acto. No estaba en su naturaleza, no estaba dentro de sus planes o eso era lo que todos creían. Pero entonces ¿cómo afrontar esta situación, qué decirle a sus padres?, que eran tan familiares a todos como Rodrigo era de los propios. El ídolo había caído. La luz se había apagado. El amigo había tomado la decisión más cobarde, la más mezquina, pero, sin duda, la más acertada para él.

Pero tanta fue la agonía que infringió a sus más cercanos que produjeron la decisión más vesánica jamás imaginada. La única forma de sosegar la pena era hacerle un tributo: contar su vida hasta su muerte, y porqué no también a partir de la misma. Ya que incluyéndolo en las travesuras venideras, en las juergas y los carretes, la muchachada estimó que así sería la manera más noble de recordar a su amigo. La vida es vida y las decisiones son perennes, colectivas y, por tanto valederas, tal como la que tomó Rodrigo.

 

 

 

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Caga Negocios

– Mi nombre es Juan Francisco Galleguillos, abogado y Notario Público.

Su tono de voz era perentorio y autoritario. Nadie podía dudar de su título y grado al escuchar esa voz ronca, aguardentosa y fingida; típica del nuevo rico. Sin embargo su forma de vestir era la que no convencía. A pesar que el ambo que usaba no era de mala calidad, Johnson’s o Verducci, quizás, había algo que no cuadraba con su personalidad; la corbata, los zapatos, la colonia barata, algo no cuadraba en él.

La verdad de las cosas es que Juan Francisco tenía muchas profesiones, había sido chofer, vendedor viajero, ingeniero comercial, prevensionista de riesgos, corredor de propiedades y un sinfín de profesiones y oficios según ameritaba la ocasión para hacer dinero fácil y, por supuesto, a costillas de algún incauto de turno. Todos lo conocían como “Caga negocios” y su verdadero nombre era Patricio; si acaso era. Poseía la rara habilidad para vender o comprar sin restituir el bien o el efectivo al comprador o vendedor, según se diera la transacción.

Tipo mundano, gustaba de cambiar autos periódicamente, gastaba como loco y siempre vestía del modo más chabacano imaginable. Tipo con pachorra, santiaguino, recorrido, fogueado, educado en la calle, traía la mejor escuela para hacer huevones a los huasos. Su pareja, quien siempre lo acompañaba en sus andanzas, no era la excepción a la regla. Se podría decir que era la niña símbolo de la Población La Legua. Una vez se le escuchó criticar a una transeúnte tratándola de ordinaria. Quienes escucharon el comentario hasta el día de hoy no pueden explicar qué había de rasca en esa persona, siendo que a ella siempre la encontraron más ordinaria que empleada de gitano.

“Caga negocios”  era un personaje de temer, no sólo en lo monetario, sino que también en lo pugilístico. Siendo un mastodonte de un metro ochenta y ciento veinte kilos no era fácil encararlo. Hasta los más estafados dudaban de irse a las manos con él, a lo mucho le enrostraban algún familiar cercano, pero manteniendo la distancia correspondiente, a lo que “Caga negocios” siempre respondía con una pachotada y una risa irónica.

Dentro de todas sus fechorías, la más notable, sin duda alguna, fue cuando se hizo pasar por Notario. Realizó una serie de ventas y compras perfectamente legales ante los ojos de la justicia, ya que todos los bienes que vendía o compraba iban acompañados del correspondiente respaldo notarial, firmado por el prestigioso abogado y Notario Público Juan Francisco Galleguillos Roldán, gran nombre para un ser tan insignificante. Fue debido a este rimbombante nombre que comenzaron a crearse dudas en torno a este Notario. Pero la fama y fortuna de “Caga negocios” no duraría para siempre.

– Mi nombre es Juan Francisco Galleguillos, abogado y Notario Público. La señora es mi clienta y necesitamos lo antes posible legalizar este documento.

Estaba firmando la venta de un automóvil último modelo a una señora de encopetada familia en una Notaría de Osorno, cuando la secretaría que lo estaba atendiendo le pidió que por favor pasaran a tomar asiento y que esperaran, respuesta que a “Caga negocios” no sólo le pareció ofensiva, sino sospechosa. Fue por ello que con toda la pompa y autoridad exigió ver inmediatamente a su colega, requerimiento al cual la secretaria, con la calma de la experiencia y los años, hizo caso omiso y sólo dando por respuesta un amable, pero tajante – Tome asiento por favor, voy a preguntarle al señor Notario.

Una vez dentro de la amplia y añosa oficina del Notario, la solícita secretaria mostró al colegiado el documento de transferencia del vehículo, a lo cual el abogado no le vió ninguna anomalía, a pesar que hizo un esfuerzo por no parecer estúpido delante de su subalterna.

– No le veo el más mínimo detalle como para objetar esta transacción. Están todos los términos legales en orden y de acuerdo a derecho.

– Don Jorge, la firma -. Inquirió la secretaria ya un poco más nerviosa.

– Qué tiene la firma. Está firmada por un Notario -. Sin caer en cuenta y sin quitar la vista del documento, escudriñando la falta que todavía era invisible a sus expertos ojos.

– Por eso pues don Jorge, yo trabajé con el señor Galleguillos Roldán en Santiago -. Dijo ella, sin dar crédito a la falta de visión de su jefe.

– Mejor aún pues linda. Redacte la compraventa para que la firme y asunto arreglado – Dijo conforme el anciano Notario.

Fue entonces cuando la secretaria, molesta por la poca observancia del Notario hacia su experiencia, sin medir ni el tono lleno de enojo ni la brusquedad con que soltó las palabras.

– ¡Por Dios don Jorge! Este caballero murió hace quince años. La misma cantidad de años que trabajo para usted.

Los ojos del anciano abogado casi se salen de sus cuencas. Su reacción más inmediata fue salir a encararlo, a interpelarlo y enrostrarle su falta de tino por hacerse pasar por abogado. Habrase visto tamaña y soberana arrogancia, pensaba el anciano para sí. Pero prevaleció su instinto de jurisprudente y lo primero que hizo fue llamar a la Bride, después, más calmado, ordenó a la secretaria que le enviara con el estafeta unos cafés a su “colega” y su clienta. La secretaria salió de la oficina con el pecho en alto como el Pato Silabario y la mirada perdida en algún anaquel lleno de libros, como si nada hubiese pasado, pero por dentro se sentía ufana. Una vez más había ganado otra batalla producto de sus años de experiencia, pero, por sobre todo, era una batalla ganada a su jefe. Un punto más para el bono del 18 o fin de año, porque sexo, a esa edad, sería casi un milagro, por parte de ambos.

La espera de un trámite tan sencillo comenzaba a irritar de sobremanera a “Caga negocios” y luego de tomarse el café casi al seco interpeló a la amable secretaria por la demora.

– Usted sabe, – dijo la secretaria, con una ceja levantada y un respingar de nariz – como Notario que es, que su documento no es el único por firmar. – Su tono ahora era irónico, pero prudente. No debía molestarlo y además debía retenerlo el mayor tiempo posible.

Los nervios le estaban consumiendo vivo. No sabía si era instinto o experiencia, pero algo estaba oliendo mal: mucho cuchicheo, poco movimiento, la pará’ de carro de la vieja, guardia en la puerta. Había que volar, los huevos se estaban poniendo hueros.

– Vámonos señora mía, hay Notarías más eficientes en este pueblucho.- Sentenció “Caga negocios” antes de abandonar el edificio.

Estaban en la puerta cuando se le acercan dos tipos bien trajeados y de anteojos. “Caga negocios” no alcanzó ni a arrancar, ya que uno de los hombres le agarró con tal fuerza el brazo izquierdo que, a pesar de su baja estatura, no soltaba a su presa mientras el otro le enrostraba una placa de detective y conminaba a ingresar a la oficina de su “colega”. Una vez dentro se aclaró todo el asunto: “Caga negocios” había comprado tiempo atrás el timbre de Notario en el barrio Persa en Santiago por algo más de mil pesos. Bonito para adorno, le había dicho al dependiente. Adorno que a la postre le reportaría millones. Cinco años fue su sentencia por falsificación, estafa y manipulación de instrumento público. Una cagá para todo lo que robó; dijo alguien por ahí. Poco menos de seis meses estuvo recluido. Así es la justicia en Chile, dijo la mayoría.

Muchos fueron los estafados, muchos los ofendidos y pocos lo satisfechos. “Caga negocios” pasó de ser la comidilla del pueblo al tipo más olvidado cuando estuvo tras las rejas. Quizás por eso a nadie le afectó al enterarse que a los pocos días de haber salido de la cárcel, en un cruce de carretera una camioneta le dio de lleno al auto en que viajaba, terminando para siempre con la vida de unos de los estafadores más singulares del pueblo.

A “Caga negocios” ya no lo recuerda nadie y ni siquiera se sabe si está enterrado o sus acreedores se lo repartieron como trofeo. Eso ya a nadie le importa, como tampoco importa a quiénes estafó, a quiénes arruinó o quién fue el huaso huevón que, casualmente, lo chocó.

charlatan1

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