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Caga Negocios

– Mi nombre es Juan Francisco Galleguillos, abogado y Notario Público.

Su tono de voz era perentorio y autoritario. Nadie podía dudar de su título y grado al escuchar esa voz ronca, aguardentosa y fingida; típica del nuevo rico. Sin embargo su forma de vestir era la que no convencía. A pesar que el ambo que usaba no era de mala calidad, Johnson’s o Verducci, quizás, había algo que no cuadraba con su personalidad; la corbata, los zapatos, la colonia barata, algo no cuadraba en él.

La verdad de las cosas es que Juan Francisco tenía muchas profesiones, había sido chofer, vendedor viajero, ingeniero comercial, prevensionista de riesgos, corredor de propiedades y un sinfín de profesiones y oficios según ameritaba la ocasión para hacer dinero fácil y, por supuesto, a costillas de algún incauto de turno. Todos lo conocían como “Caga negocios” y su verdadero nombre era Patricio; si acaso era. Poseía la rara habilidad para vender o comprar sin restituir el bien o el efectivo al comprador o vendedor, según se diera la transacción.

Tipo mundano, gustaba de cambiar autos periódicamente, gastaba como loco y siempre vestía del modo más chabacano imaginable. Tipo con pachorra, santiaguino, recorrido, fogueado, educado en la calle, traía la mejor escuela para hacer huevones a los huasos. Su pareja, quien siempre lo acompañaba en sus andanzas, no era la excepción a la regla. Se podría decir que era la niña símbolo de la Población La Legua. Una vez se le escuchó criticar a una transeúnte tratándola de ordinaria. Quienes escucharon el comentario hasta el día de hoy no pueden explicar qué había de rasca en esa persona, siendo que a ella siempre la encontraron más ordinaria que empleada de gitano.

“Caga negocios”  era un personaje de temer, no sólo en lo monetario, sino que también en lo pugilístico. Siendo un mastodonte de un metro ochenta y ciento veinte kilos no era fácil encararlo. Hasta los más estafados dudaban de irse a las manos con él, a lo mucho le enrostraban algún familiar cercano, pero manteniendo la distancia correspondiente, a lo que “Caga negocios” siempre respondía con una pachotada y una risa irónica.

Dentro de todas sus fechorías, la más notable, sin duda alguna, fue cuando se hizo pasar por Notario. Realizó una serie de ventas y compras perfectamente legales ante los ojos de la justicia, ya que todos los bienes que vendía o compraba iban acompañados del correspondiente respaldo notarial, firmado por el prestigioso abogado y Notario Público Juan Francisco Galleguillos Roldán, gran nombre para un ser tan insignificante. Fue debido a este rimbombante nombre que comenzaron a crearse dudas en torno a este Notario. Pero la fama y fortuna de “Caga negocios” no duraría para siempre.

– Mi nombre es Juan Francisco Galleguillos, abogado y Notario Público. La señora es mi clienta y necesitamos lo antes posible legalizar este documento.

Estaba firmando la venta de un automóvil último modelo a una señora de encopetada familia en una Notaría de Osorno, cuando la secretaría que lo estaba atendiendo le pidió que por favor pasaran a tomar asiento y que esperaran, respuesta que a “Caga negocios” no sólo le pareció ofensiva, sino sospechosa. Fue por ello que con toda la pompa y autoridad exigió ver inmediatamente a su colega, requerimiento al cual la secretaria, con la calma de la experiencia y los años, hizo caso omiso y sólo dando por respuesta un amable, pero tajante – Tome asiento por favor, voy a preguntarle al señor Notario.

Una vez dentro de la amplia y añosa oficina del Notario, la solícita secretaria mostró al colegiado el documento de transferencia del vehículo, a lo cual el abogado no le vió ninguna anomalía, a pesar que hizo un esfuerzo por no parecer estúpido delante de su subalterna.

– No le veo el más mínimo detalle como para objetar esta transacción. Están todos los términos legales en orden y de acuerdo a derecho.

– Don Jorge, la firma -. Inquirió la secretaria ya un poco más nerviosa.

– Qué tiene la firma. Está firmada por un Notario -. Sin caer en cuenta y sin quitar la vista del documento, escudriñando la falta que todavía era invisible a sus expertos ojos.

– Por eso pues don Jorge, yo trabajé con el señor Galleguillos Roldán en Santiago -. Dijo ella, sin dar crédito a la falta de visión de su jefe.

– Mejor aún pues linda. Redacte la compraventa para que la firme y asunto arreglado – Dijo conforme el anciano Notario.

Fue entonces cuando la secretaria, molesta por la poca observancia del Notario hacia su experiencia, sin medir ni el tono lleno de enojo ni la brusquedad con que soltó las palabras.

– ¡Por Dios don Jorge! Este caballero murió hace quince años. La misma cantidad de años que trabajo para usted.

Los ojos del anciano abogado casi se salen de sus cuencas. Su reacción más inmediata fue salir a encararlo, a interpelarlo y enrostrarle su falta de tino por hacerse pasar por abogado. Habrase visto tamaña y soberana arrogancia, pensaba el anciano para sí. Pero prevaleció su instinto de jurisprudente y lo primero que hizo fue llamar a la Bride, después, más calmado, ordenó a la secretaria que le enviara con el estafeta unos cafés a su “colega” y su clienta. La secretaria salió de la oficina con el pecho en alto como el Pato Silabario y la mirada perdida en algún anaquel lleno de libros, como si nada hubiese pasado, pero por dentro se sentía ufana. Una vez más había ganado otra batalla producto de sus años de experiencia, pero, por sobre todo, era una batalla ganada a su jefe. Un punto más para el bono del 18 o fin de año, porque sexo, a esa edad, sería casi un milagro, por parte de ambos.

La espera de un trámite tan sencillo comenzaba a irritar de sobremanera a “Caga negocios” y luego de tomarse el café casi al seco interpeló a la amable secretaria por la demora.

– Usted sabe, – dijo la secretaria, con una ceja levantada y un respingar de nariz – como Notario que es, que su documento no es el único por firmar. – Su tono ahora era irónico, pero prudente. No debía molestarlo y además debía retenerlo el mayor tiempo posible.

Los nervios le estaban consumiendo vivo. No sabía si era instinto o experiencia, pero algo estaba oliendo mal: mucho cuchicheo, poco movimiento, la pará’ de carro de la vieja, guardia en la puerta. Había que volar, los huevos se estaban poniendo hueros.

– Vámonos señora mía, hay Notarías más eficientes en este pueblucho.- Sentenció “Caga negocios” antes de abandonar el edificio.

Estaban en la puerta cuando se le acercan dos tipos bien trajeados y de anteojos. “Caga negocios” no alcanzó ni a arrancar, ya que uno de los hombres le agarró con tal fuerza el brazo izquierdo que, a pesar de su baja estatura, no soltaba a su presa mientras el otro le enrostraba una placa de detective y conminaba a ingresar a la oficina de su “colega”. Una vez dentro se aclaró todo el asunto: “Caga negocios” había comprado tiempo atrás el timbre de Notario en el barrio Persa en Santiago por algo más de mil pesos. Bonito para adorno, le había dicho al dependiente. Adorno que a la postre le reportaría millones. Cinco años fue su sentencia por falsificación, estafa y manipulación de instrumento público. Una cagá para todo lo que robó; dijo alguien por ahí. Poco menos de seis meses estuvo recluido. Así es la justicia en Chile, dijo la mayoría.

Muchos fueron los estafados, muchos los ofendidos y pocos lo satisfechos. “Caga negocios” pasó de ser la comidilla del pueblo al tipo más olvidado cuando estuvo tras las rejas. Quizás por eso a nadie le afectó al enterarse que a los pocos días de haber salido de la cárcel, en un cruce de carretera una camioneta le dio de lleno al auto en que viajaba, terminando para siempre con la vida de unos de los estafadores más singulares del pueblo.

A “Caga negocios” ya no lo recuerda nadie y ni siquiera se sabe si está enterrado o sus acreedores se lo repartieron como trofeo. Eso ya a nadie le importa, como tampoco importa a quiénes estafó, a quiénes arruinó o quién fue el huaso huevón que, casualmente, lo chocó.

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¿Cómo se llamaba?

feaPasaban  los  días sin mayores complicaciones y tan monótonos como siempre, como se podría esperar de otro verano en Lago Ranco: playa en el día, con el imponderable joteo y elucubraciones con los bikinis del momento, carrete en la noche y tomatera de madrugada. Nada del otro mundo. Amanecer como la mierda, hediondo a copete y a cigarro, con un dolor de cabeza de las mil putas y abrazado a alguna mina que, producto de la borrachera, no sabes ni quién es ni cómo mierda se llama. Hay que mirarla con detención y verificar que este día buscaste algo mejor que el Muppets de la noche anterior. Error, es más fea, buen pellejo, pero putas que es fea.

Cómo se puede actuar, sin ser cínico ni arrogante, frente a una mujer desnuda a tu lado, que te mira con ojos de carnero degollado y preguntándote ¿cómo amaneciste?.  ¡Acostado!, sería la respuesta más lógica. Pero con el dolor de cabeza, sumado ahora a la respuesta incógnita de una pregunta recurrente: ¿cómo cresta se llama esta mina? En algún momento de la noche me dijo su nombre, en alguna parte alguien me la presentó, porque por generación espontánea no llegó a mi cama. Cómo se llama. Mi cabeza. Qué sed. Hay que buscar solución, producto de la cefalea sólo se me ocurren dos opciones: había que sacarla de la casa antes que tus amigos despierten o vuelvan y te encuentren acostado con la hija de Adrián de los Dados Negros y pases a ser el resto del verano el MaPaHue del grupo o,  hay que hacerse el cariñoso y pegarle su quaker mañanero a la fea. La carne es débil y después de todo ese culo había que disfrutarlo lúcido. Hay que buscar una cerveza helada y de vuelta a tu papa.

La pega está hecha, la mina chupándose los aros, uno con las bolas como pasa, con más sed que antes, más hediondo y sin acordarse todavía del nombre de la mina.

– ¿Me vas a llamar a la tarde?.

 ¡Me- vas- a- llamar -a-la- tarde!, pero cómo, si ni siquiera sé quién chuchas eres. Ahí es cuando uno tiene que poner cara de huevón y cambiar el tema de forma abrupta. ¡Putas que me duele la cabeza! Con la remota intención que la mina, en un arranque de ternura te haga un cariñito, un masaje o se ofrezca a buscar aspirinas. Pero nada, se queda muda, esperando lo más lógico para ella: una respuesta. Hay que bajarle el perfil a la situación, ya que de un momento a otro se vuelve gélida. Hay que optar por la táctica del amoroso y aunque ya ni se te pare, hay que arremeterle con todo. Mujer con la boca llena no pregunta huevadas.

Todo bien, todo viento en popa. Pepito, a pesar de la larga jornada, sorprendentemente, aún responde a los requerimientos, casi me desconocí, todo a pedir de boca. Cuando de repente, y sin previo aviso, se abre la puerta del dormitorio y asoman dos cabezas con los ojos como cañón de escopeta.

– ¡Putas Cristina que eres cochina!

¡Cristina!. Tate. Si hasta el dolor de cabeza se me pasó. Mi amigo con un ataque de risa, su mina pegó un portazo de antología, con su correspondiente desprecio y mueca de asco, la “Cristina”, sin dar crédito a lo que había vivido o, más bien dicho, en lo que la habían pillado, aún no se sacaba la pichula de la boca y yo en un estado de Nirvana, riéndome para mis adentros, sin importar que la mina era fea, que nos habían pillado en el mejor de los 69, mi único pensamiento entre tanta carne era:

¡Ahora sí que te voy a llamar!.

Coversaciones

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En esas conversaciones comunes, que por lo general se mantienen con mujeres simples, sin importancia y con las que uno trata de hacerse el simpático y, sobre todo, el inteligente, no falta la tonta que luego de poner cara de aburrimiento sale con el pastel de la noche:

– Por qué no cambian el tema que estoy súper aburrida.

Bruta, ignorante, patipelada, arribista, fea, gorda. Dan ganas de enrostrarle toda la perorata misógina que uno pueda imaginarse y mandarla llorando a su casa, sin copete, sin carrete y sola. Pero no, hay que soportar estoico y digno. Una descerebrada como esta no puede ni debe funarme el carrete con la única mina, que producto de su curadera o simplemente por atracción recíproca, estaba hilando con mi conversación.

Después de haberme convertido casi en antropófago mordiéndome los nudillos para no chantarle un palmazo, a ver si con el remezón de cerebro la neurona satelital entra en una órbita medianamente coherente como para que se pegue los alcachofazos y piense “la cagué”, vuelvo al ataque con mi contertulia. Craso error el mío, y recurrente por lo demás. La tonta sigue como tal: impávida y con más cara de huevona aburrida que antes, como queriendo decirle a todas -Ya po’, vámonos!.

Había que superar el impasse. Había que buscar una solución rápida y aguda. Un buen chiste, un nuevo tema de conversación (ojalá de algún reality), algo. Ni pensar en un libro, ya que estas brutas no salen de Papelucho y las más doctas de Coehlo.

Sólo me restaba una sola opción antes que la Fiona cagará el carrete y la conquista. Me levanté decidido a tomarla de la mano y llevarla a comprar huevos y lechugas – a las tres de la mañana cualquier táctica es recomendable.

Entonces ocurrió lo inesperado, la mina habló. Su voz era como un arroyo en primavera, suave y cristalino. Me tomo de la mano y me sentó a su lado. Embobado la miré a los ojos, su mirada se clavó en la mía y fue ahí que caí en cuenta que la mina no estaba ni interesada en mi ni borracha, estaba más volada que un chancho.

Sería el volumen de la música o el ruido de las conversaciones que no fue hasta la tercera vez que pude entender, entre gestos y sonidos guturales y balbuceantes:

– ¿Cuál es tu misión en la vida?

Ya!, pensé. A ésta le quito la dieta blanda.

Pero lamentablemente como mi lengua siempre ha actuado más rápidamente que mi cerebro, le solté:

– ¡Procrear!

Con esas mismas palabras, sin tono de doble intención, sin malicia, ni siquiera burlándome. Simple y llanamente contesté.

– Pero cómo puedes ser tan pendejo – Me soltó en forma casi eufórica – El hombre debe tener un norte, una meta, plantar un árbol, escribir un libro…

– Y tener un hijo… Procrear –  Agregué.

 Yo no sé si las mujeres tienen algún poder extrasensorial como para cachar cuando una conversación se vuelve frígida. Todas callan y todas ponen oído y atención al unísono, como un ejército nazi que ejecutan órdenes sin pensarlo.

El ambiente se volvió tenso, gélido. La Fiona hasta comenzó a sonreir, señal que ya no estaba aburrida, por el contrario. Yo a esas alturas me comencé a sentir como pollo en corral ajeno y no porque careciera de labia como para salir del paso, sino porque la conversación se había ido a un área conocida por todos, pero que en mi pueblo es sumamente tabú.

Traté por todos los medios de explicar que el hombre ha subsistido a través de la historia a través de la procreación, que lo otro se va dando a medida que evolucionamos, que las grandes mentes de la historia son casos aislados de entre miles, que esto, que lo otro, que aquello. Palabras, palabras y más palabras. Las minas ya habían tomado su decisión. Si hasta la fea se había ofrecido de guaripola para llevarlas a sus casas sanas y salvarlas de este troglodita carnívoro.

Pero lo que más me emputeció de todo, es que la fea, la cual obviamente quedó de último, para asegurarse, cual perro guardián, que todas sus ovejitas salieran, me dijo antes de irse, con ojitos chispeantes y una sonrisa coqueta:

– Me encanta como eres, porque eres “taaaan” culto.

¡Maraca!. Le grité con todo mi enfado y cerré la puerta.

Y aquí estoy. Solo. Sin un pedazo de pan que echarse a la boca. Caliente, al punto de hasta encontrarle buen culo a la fea cuando se iba, y pensando en mi respuesta.

Putas que soy huevón. Ahora debo pensar dónde plantar mi árbol y cuándo comenzar a escribir mi libro, porque en procrear, con esta suerte perra, ni cagando.